El presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, parte en posición de desventaja en el arranque de la campaña hacia el balotaje del próximo 25 de octubre, aunque se mantiene en la pelea.
Pese a que la brecha porcentual en la primera vuelta parece ajustada, con un 47,03 % de los votos válidos para la extrema derecha representada por Flávio Bolsonaro (Partido Liberal) frente al 45,16 % obtenido por Lula (Partido del Trabajo), el margen de maniobra político y electoral ubica a la candidatura oficialista en un escenario altamente complejo.
La dinámica hacia la cita decisiva del 25 de octubre exige a la izquierda brasileña una reestructuración acelerada de sus alianzas tácticas y su ideario discursivo, en un lapso de apenas tres semanas. Ante un resultado inesperado, los estrategas tendrán que hacer magia.

El senador Flávio Bolsonaro y las fuerzas representadas por el Partido Liberal (PL), extrema derecha conservadora, ultraliberal en lo económico y de perfil fuertemente populista, muestran una notable capacidad de movilización orgánica que les deja a punto de la victoria definitiva.
La estrategia de Bolsonaro
La estrategia bolsonarista para esta segunda vuelta no requiere de una orquestación compleja ni de giros bruscos. Le basta con mantener su ventaja, consolidar su núcleo duro e ir especialmente por los votos de la derecha radical que se le escaparon en la primera vuelta, especialmente a quienes votaron por Renan Santos (Unión) con el 2,3% de los sufragios.
Aunque este sector guarda mayores afinidades ideológicas con el bolsonarismo, sus liderazgos mantienen diferencias éticas con el PL. Apenas conocido el resultado, el candidato mantuvo neutralidad y no le dio su apoyo automático a la derecha ganadora.
Quien sale victorioso y envalentonado es el presidente de EE.UU., Donald Trump, que ha sido figura central de la campaña electoral en Brasil y estará dispuesto a participar y a ser nuevamente el protagonista de la campaña en estas tres semanas.
Su participación es inminente, incluso si Lula determina cambiar su relato pugnaz en torno al presidente y la potencia del Norte de América. Los presidentes de Colombia, Abelardo De la Espriella; Argentina, Javier Milei; Chile, José Antonio Kast; y Ecuador, Daniel Noboa, entre otros, también querrán poner su "granito de arena".
La estrategia bolsonarista no requiere de una orquestación compleja ni de giros bruscos. Le basta con mantener su ventaja, consolidar su núcleo duro e ir especialmente por los votos de la derecha radical.
Para comprender la magnitud del reordenamiento que requiere la izquierda, resulta imprescindible analizar la tasa de crecimiento electoral entre la primera vuelta de 2022 y la de 2026. Hace cuatro años, en la primera vuelta, Lula logró el 48,4 % de los sufragios, mientras que Jair Bolsonaro alcanzó el 43,2%. Aunque terminó ganando Lula, el entonces presidente logró un crecimiento mayor al del PT, llegando al 49 % en el balotaje.
En este nuevo ciclo, el PT experimenta un claro retroceso al caer al 45 %, registrando una tasa de contracción cercana al 3,4%. En contraste, el Partido Liberal muestra una tasa de crecimiento superior al 3,8 %, elevando su caudal hasta el 47%. Este aumento sostenido demuestra que el voto bolsonarista no solo es más consistente sino que ha logrado expandirse y perforar techos históricos. Sin embargo, todavía queda campaña y el actual resultado va a cambiar el esquema para organizar el voto del antibolsonarismo.
Esta consolidación de la extrema derecha se produce, además, en un contexto donde el electorado mayoritario parece impermeable a las controversias mediáticas o a los cuestionamientos éticos. A pesar de que en las semanas previas a los comicios el nombre del senador Flávio se vio envuelto en diversos escándalos públicos, el resultado evidencia que el votante conservador no está privilegiando este tipo de denuncias en redes sociales a la hora de decidir su voto. Se trata de un electorado fuertemente ideologizado, pragmático y resistente a los ataques de la prensa tradicional. De igual forma, las encuestas se equivocaron nuevamente, demostrando una vez más que obedecen a estructuras de pensamiento inertes para interpretar adecuadamente al nuevo electorado en constante transición, mucho más fluido y que ha salido de los esquemas tradicionales.
Frente a esta realidad, el acumulado cercano al 7 % que obtuvieron los otros candidatos se convierte en el territorio decisivo del balotaje. Lula, cuyo margen de maniobra es acotado, necesita arrebatarle al menos cuatro puntos porcentuales a este bloque para impedir el triunfo de Bolsonaro. Para ello, deberá apelar a dos actores fundamentales que no pertenecen a la extrema derecha.
Dónde morder
En tercer lugar se ubicó Augusto Cury, la candidatura que obtuvo el 2,9 % de los votos respaldada por el Movimiento Democrático Brasileño (MDB) y el Partido Social Democrático (PSD), fuerzas de centro y centroderecha liberal. Esta corriente, caracterizada ideológicamente por su tecnocracia, su defensa del institucionalismo y sus estrechos lazos con el empresariado tradicional es un electorado en el que Lula ya tiene tiempo conquistando en momentos difíciles como estos.
En quinto lugar, Ronaldo Caiao de Missao, con 2,2 %, ha jurado no pactar con Lula. Este 7 % entre los candidatos que quedaron por fuera, se convierten en el lugar de disputa privilegiada. Para que Lula pueda ganar va a tener que producir un golpe simbólico que cambie la forma de percibir la decisión electoral de las mayorías.
El otro espacio a avanzar es el de la abstención, tal como lo ha dicho el candidato-presidente en su primera comparecencia pública después de los resultados. Aunque el dato no varió en relación a pasados eventos similares, Lula cifró a ese grupo entre "28 y 30 millones" de votantes y viró su mirada hacia este sector.
El lulismo entonces enfrenta el desafío de superar una campaña que fue percibida como bucólica y excesivamente enfocada en recordar el pasado. Al posicionarse en los logros de sus mandatos anteriores y en su territorio histórico de dominio, Lula descuidó el discurso sobre el futuro y perdió sintonía con la juventud brasileña. Se autoubicó en el terreno de la clase política histórica que está siendo objeto de rechazo.
La propia reacción del mandatario, quien al reconocer el resultado planteó de inmediato la necesidad de "otra campaña", demuestra que la izquierda ha recibido el impacto del resultado, pero que está dispuesta a realizar las correcciones necesarias. Las próximas tres semanas serán una batalla política de máxima exigencia, donde el resultado final pondrá a prueba su capacidad para reinventarse y reponerse ante la adversidad. De lo contrario, la derecha radical habrá tomado casi por completo al subcontinente.



