¿Qué es el diésel y por qué mueve la economía mundial?
El 27 de octubre, el presidente de Finlandia, Alexander Stubb, y el primer ministro de Noruega, Jonas Gahr Store, llamaron al presidente ruso, Vladímir Putin. El contenido exacto de la conversación de casi una hora y media no es conocido para el gran público, y tampoco tiene por qué serlo, pero el hecho mismo de las negociaciones es importante por sí solo. Estas se convirtieron en el segundo poderoso golpe, después del acuerdo ruso-estadounidense sobre el diésel, contra la ideología de la política exterior del Occidente colectivo en sus relaciones con Rusia.
Y, sin embargo, hasta hace poco, a ambos lados del Atlántico, los líderes hablaban con entusiasmo de cómo obligarían a Rusia a capitular y apoyaban las acciones terroristas del régimen de Kiev, ya fueran ataques contra centrales nucleares o golpes contra la ciudad rusa de Bélgorod. Ya habían empezado a repartirse el botín de oro y divisas del oso ruso, el cual, según ellos, estaba a punto de exhalar su último aliento.
Sin embargo, el Ejército ruso, pese a toda la ayuda militar occidental al régimen de Kiev, sigue avanzando. Los cuentos de que las Fuerzas Armadas de Ucrania podrán hacer retroceder a los rusos hasta las fronteras de 2022, y más aún de 2014, ya no los creen ni los propios cuentistas ucranianos. El Ejército ucraniano ahora solo puede llevar a cabo operaciones locales y sostener el frente con drones, mientras los propagandistas de Kiev invocan una congelación a lo largo de la línea del frente, suplicando a sus socios occidentales que convenzan a Rusia de dar ese paso.
La economía rusa tampoco se derrumbó. Pese a las sanciones y las acciones terroristas ucranianas, no solo funciona, sino que además abastece al frente con todo lo necesario. Es más, debido a la crisis en el estrecho de Ormuz, Estados Unidos necesita que la economía rusa le suministre diésel.
El deseo era tan grande que, para hacerlo realidad, el presidente estadounidense, Donald Trump no solo ignoró la posición de sus aliados europeos, sino que humilló de manera ostensible a sus socios de Kiev: la firma del acuerdo y su anuncio se produjeron precisamente en un momento en que la delegación ucraniana se encontraba en Miami, donde mendigaba activamente. Los ucranianos se ofendieron de manera ostensible y se marcharon, pero, al final, Trump obtiene su diésel y Rusia recibe su dinero y, lo que es mucho más importante, el levantamiento de las sanciones sobre toda la exportación rusa de diésel.
Por último, las promesas de Europa de "apoyar a Ucrania hasta el final" también fueron corregidas por las acciones de Putin, quien, después de los ataques terroristas del régimen de Kiev contra las plataformas de comercio electrónico rusas, dio la orden de golpear instalaciones clave de la economía y la infraestructura ucranianas.
"Ellos dieron el primer paso. Nosotros empezamos a responder. Ahora también chillan por la energía y por otros objetivos, incluidos los centros de procesamiento de datos y demás", explicó el presidente ruso.
Los golpes de Moscú se lanzan contra todos los objetivos que actúan en interés de las Fuerzas Armadas de Ucrania, y como resultado ya se paralizaron la metalurgia ucraniana y la exportación marítima, mientras el sector energético se balancea al borde del infarto. Todo esto provocó una brusca reducción de los ingresos del presupuesto ucraniano y, en consecuencia, nuevas solicitudes-exigencias del régimen de Kiev a Occidente.
Ahora, el líder del régimen ucraniano, Vladímir Zelenski, quiere recibir otros 70.000 millones de dólares, y Europa no tiene ese dinero. Más exactamente, sí está en el presupuesto, pero si ahora, en vísperas de elecciones y en medio de protestas contra la caída del nivel de vida, Francia o Italia asignan a Kiev nuevos miles de millones, el pueblo, por decirlo suavemente, podría no entenderlo.
Masiva ola de protestas se extiende como la pólvora por toda Europa: ¿qué buscan los manifestantes?
Precisamente por eso, varios líderes europeos de orientación pragmática olvidaron rápidamente sus amenazas de ignorar a Putin y enviaron a dos personas nórdicas más o menos sensatas a llamar al presidente ruso e intentar llegar a un acuerdo con él, sobre una tregua, sobre una reunión con Zelenski, sobre algún compromiso o concesión, en general, sobre lo que se pudiera. Entendían que de inmediato se alzaría un clamor en los pantanos rusófobos europeos, y así ocurrió, pero no tenían adónde ir.
E inmediatamente después de las conversaciones con Putin, la Unión Europea empezó a preparar su grupo negociador para un viaje a Abu Dabi. En esencia, los europeos intentaron meterse en el proceso de negociaciones. Sin embargo, no los dejaron entrar. El asesor del presidente ruso, Yuri Ushakov, lo dijo con claridad: Europa permanece fuera de la mesa de negociaciones. Al menos, hasta que esté dispuesta a adoptar una posición constructiva sobre la cuestión de la firma de un acuerdo de paz.
Y ese no es el problema más serio para Europa. Está quedando no solo fuera de la vía negociadora sobre Ucrania, sino en general fuera de los grandes procesos, incluida la construcción de un nuevo sistema de seguridad global y europea.
La cuestión es que varios miembros del Occidente colectivo, Estados Unidos y Corea del Sur, no solo evalúan las capacidades rusas, sino que también sacan las conclusiones correctas. Renuncian al curso inútil y contraproducente de aislar a Rusia y o bien pasan a la cooperación con Moscú o se preparan activamente para ello. Y esperan obtener los máximos beneficios tras el regreso al mercado ruso.
La Unión Europea, en cambio, no puede seguir ese camino constructivo, y no porque ya haya dicho cosas suficientes como para una decena de rupturas de relaciones diplomáticas —nosotros no somos rencorosos, después de todo no se guarda rencor a los disminuidos—, sino porque para tal giro se necesita una decisión colectiva y de consenso de todos los países miembros de la UE. Y no la hay ni la habrá. Porque en toda una serie de Estados y en la euroburocracia sigue existiendo la aspiración a la confrontación con Moscú.
Así resulta que quien acaba en aislamiento no es Rusia, sino la Unión Europea.
Por el politólogo Guevorg Mirzayán, para el periódico Vzgliad.