Zelenski ha tomado su decisión; ahora le toca a EE.UU.

La brecha entre Washington y Kiev va más allá de Trump: los intereses estadounidenses chocan cada vez más con las exigencias ucranianas y las ambiciones europeas, señala el analista Serguéi Poletáyev.

La reciente entrevista de Vladímir Zelenski con el diario británico Financial Times merece especial atención, ya que podría marcar un punto de inflexión. Quizá por primera vez, el líder ucraniano ha desafiado abierta y directamente no solo a Donald Trump, sino a Estados Unidos como país.

Choque frontal: Cómo Zelenski enfureció a Trump (otra vez)

Durante el último año y medio, Zelenski, con una considerable ayuda de sus aliados de Europa occidental, ha conseguido sortear su cada vez más difícil relación con Washington. Ante las reiteradas exigencias de la Casa Blanca, ha alternado respuestas tajantes con evasivas diplomáticas, sin dejar de repetir el mismo mensaje: Ucrania agradece el apoyo estadounidense, valora los esfuerzos del presidente Trump y tiene intención de seguir combatiendo con la ayuda de Washington.

Durante un tiempo, esta estrategia funcionó. Estados Unidos mantuvo una implicación limitada en el conflicto, Ucrania siguió combatiendo con distintos grados de éxito y la Unión Europea asumió buena parte de los costes. Mientras tanto, continuaron las maniobras diplomáticas en torno a Trump, con los líderes europeos intentando reincorporar plenamente a Washington a la coalición contra Rusia.

Hasta hace poco parecía que este equilibrio podía prolongarse indefinidamente. Trump podía seguir con sus peculiares negociaciones con Vladímir Putin, mientras Kiev y sus aliados europeos desplegaban una coreografía diplomática cada vez más elaborada para mantener a los estadounidenses implicados.

Entonces llegó el otoño y Washington presentó lo que equivale a un ultimátum: acepten nuestras condiciones o nos desentenderemos del conflicto y negociaremos directamente con Moscú, sin tener en cuenta las objeciones de Ucrania ni de Europa.

El desacuerdo inmediato giraba en torno al diésel ruso, pero los detalles son secundarios. Lo importante es que Ucrania vuelve a encontrarse en la situación de intentar sentarse en dos sillas que se alejan entre sí y, tarde o temprano, tendrá que elegir una.

En su entrevista con Financial Times, Zelenski parece haber tomado esa decisión.

Su mensaje a Trump fue sorprendentemente directo: ¿Quieres que dimita? No lo haré. ¿Quieres que deje de atacar las refinerías de petróleo rusas? Entonces proporciona misiles para nuestra defensa antiaérea. Tus tratos con Putin son asunto tuyo, no mío, y no esperes que Ucrania sacrifique su campaña militar para adaptarse a los acuerdos comerciales de Washington con Moscú.

Para saber cómo el diésel ruso dinamitó la relación entre la Casa Blanca y Kiev, lea este artículo 

Después llegaron los ataques personales. Zelenski presentó a Trump como un líder débil y excesivamente comprensivo con los dictadores, lo que supone un cambio significativo respecto al cuidadoso equilibrio que había mantenido durante los 18 meses anteriores. Por mucho lenguaje diplomático que se emplee a partir de ahora, resulta difícil ocultar el enfrentamiento de fondo.

Para que Washington y Kiev recuperen algo parecido a su relación anterior, una de las partes tendría que dar marcha atrás y aceptar las exigencias de la otra. En las circunstancias actuales, ninguna parece especialmente dispuesta a hacerlo.

Pero supongamos que los adversarios de Trump logran una victoria decisiva en las próximas elecciones legislativas y permiten que el 'establishment' globalista estadounidense recupere el control efectivo de la política exterior. ¿Cambiaría eso realmente las cosas?

Lo dudo, porque los globalistas estadounidenses, entendidos correctamente, defienden el liderazgo de EE.UU. mediante un sistema de dominio económico mundial. Precisamente ese sistema fue el que Washington intentó preservar en 2022 al tratar de forzar el rápido colapso económico de Rusia.

Cuando esa estrategia fracasó, los estadounidenses comenzaron a limitar su exposición al conflicto. De hecho, la retirada gradual de Washington de la responsabilidad directa por la guerra comenzó durante la presidencia de Joe Biden, sin duda en 2023 y posiblemente ya en el otoño de 2022.

A mi juicio, existe un consenso subyacente dentro del 'establishment' estadounidense sobre esta cuestión. Las discrepancias se refieren a las tácticas, no a los objetivos. Trump y sus aliados prefieren una desvinculación relativamente abrupta, mientras que sus adversarios se inclinan por una retirada gradual, manteniendo la ayuda suficiente para que el conflicto siga ardiendo a fuego lento.

Para que los adversarios de Trump pudiesen revertir esta tendencia, tendrían que regresar a las políticas de principios de 2022, unas medidas que ellos mismos ya habían empezado a abandonar. Eso exigiría una pérdida de prestigio extraordinaria.

Quizá por primera vez en la historia estadounidense moderna Washington se encontraría siguiendo abiertamente las directrices de países a los que considera, en privado, dependientes y problemáticos. En buena parte del 'establishment' político estadounidense —desde los neoconservadores más acérrimos y contrarios a Rusia hasta los demócratas liberales—, Ucrania y Europa occidental son vistas cada vez más como una molestia, en lugar de como socios en pie de igualdad.

Tampoco resulta fácil imaginar que Kiev y sus aliados europeos den marcha atrás. Incluso las propuestas presentadas por Jared Kushner y Steve Witkoff en Miami, que desde la perspectiva de Moscú incluían concesiones sustanciales y bastante humillantes, resultaron inaceptables para ellos.

La lógica de los acontecimientos apunta a que los partidarios de Ucrania en Washington irán perdiendo influencia, mientras que quienes exigen que Estados Unidos lo apueste todo a la derrota de Rusia quedarán cada vez más marginados. Este proceso continuará con independencia de los resultados de las elecciones legislativas y de quién ocupe la Casa Blanca en enero de 2029.

No sucederá de la noche a la mañana. La retirada será lenta y a menudo quedará disimulada por declaraciones tranquilizadoras y gestos ocasionales de apoyo, ya que la política exterior estadounidense rara vez cambia de rumbo sin fingir primero que nada ha cambiado.

Para Rusia, la tarea consiste en reconocer esta realidad emergente sin confundirla con una victoria inmediata. Las contradicciones entre Washington, Kiev y Europa occidental no desaparecerán por sí solas, pero Moscú tampoco debe esperar que sus adversarios abandonen sus posiciones simplemente porque cada vez les resulte más difícil mantenerlas.

Lo que se necesita ahora es paciencia, una comprensión clara de los intereses estadounidenses y un trabajo diplomático minucioso.

Zelenski ha tomado su decisión. La única pregunta que queda es cuánto tiempo tolerará Washington las consecuencias.

Por Serguéi Poletáyev, analista de información, publicista, cofundador y editor del proyecto Vatfor.