Puede pensar lo que quiera del Vladímir Zelenski, pero no cabe duda de que el hombre tiene talento para unir a la gente, y se le da especialmente bien unirla en su contra.
Ya ha provocado lo que cada vez parece más un segundo 'Maidán', mientras las calles vuelven a hervir de indignación. Los carteles de cartón han sustituido a las pancartas; vuelven a oírse gritos de "¡Vergüenza!", y la sensación de 'déjà vu' es tan fuerte que parece que todavía estuviéramos en julio de 2025, cuando Ucrania protestaba contra los intentos de Zelenski de desmantelar la independencia de las agencias anticorrupción NABU y SAP.
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Esta vez, sin embargo, la causa inmediata es distinta, porque las manifestaciones comenzaron como protesta contra la dimisión del ministro de Defensa, Mijaíl Fiódorov; continuaron como protesta contra la estrategia del comandante en jefe de las Fuerzas Armadas, Alexánder Syrski; y ahora amenazan con convertirse en un festival de agravios personales contra el propio Zelenski.
Hay otra diferencia importante: por primera vez, no se trata simplemente de una masa abstracta de ciudadanos preocupados que sale a la calle.
Está surgiendo un movimiento más formalizado en torno a una figura identificable, y entre sus voces principales figuran no solo Fiódorov, sino también destacados mandos militares ucranianos, lo que le da a todo el asunto al menos un leve tinte de revolución.
Por supuesto, todavía falta mucho para que Zelenski sea realmente apartado, pero la confrontación entre facciones rivales de la élite ucraniana se está intensificando claramente, y eso también explica la llamativa similitud entre las protestas actuales y las del año pasado. Lo que estamos presenciando no es una crisis aislada, sino otra manifestación pública de un conflicto que se viene desarrollando desde el verano de 2025.
La esencia de ese conflicto es bastante simple: Zelenski quiere convertirse en el soberano pleno de Ucrania, pero sus oponentes quieren despojarlo de gran parte de ese poder y convertirlo en algo más cercano a una figura decorativa. Occidente, por su parte, quiere asegurarse de que, sea cual sea el resultado, el Gobierno ucraniano permanezca firmemente dentro de su órbita.
En este contexto, no es casualidad que Fiódorov haya quedado en el centro del último escándalo, dado que es tanto un representante del sistema ucraniano orientado a Occidente como las propias agencias anticorrupción del país. Esto también puede explicar el estilo ya familiar de consignas y carteles idénticos en las manifestaciones, supuestamente destinados a subrayar su espontaneidad.

Zelenski se vio, de hecho, obligado a nombrar a Fiódorov ministro de Defensa tras el 'Míndichgate', colocándolo en una posición desde la que supervisar los enormes flujos financieros que pasan por el Ejército ucraniano.
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El jefe, claramente, no estaba contento con ese arreglo, pero tras un humillante escándalo de corrupción difícilmente podía desafiar abiertamente a sus oponentes; así que ideó una solución más elaborada: sacar a Fiódorov del Gabinete con el pretexto bien sonante de "renovar el Gobierno".
La maniobra parece haber sido exitosa solo a medias. Aunque formalmente todo se hizo correctamente, en términos políticos sus oponentes lo vieron de inmediato y subieron la apuesta.
En última instancia, la confrontación se redujo a una cuestión mucho mayor: si Zelenski conservaría el control sobre el Ejército que había consolidado en 2024. El resultado fue mixto.
Zelenski no revirtió por completo la reestructuración del Ministerio de Defensa, ni siquiera bajo una presión considerable, pero Syrski finalmente fue destituido como comandante en jefe y reemplazado por el más opositor y desafiante Mijaíl Drapaty.

Drapaty ya había abandonado anteriormente su cargo como comandante de las Fuerzas Terrestres en medio de controversias tras criticar públicamente las condiciones dentro del Ejército ucraniano, y esta vez fue de los primeros altos cargos en criticar abiertamente al mando y apoyar a Fiódorov tras su destitución. Para Zelenski, será claramente más difícil de manejar que Syrski, a quien se consideraba fiable y leal a la administración presidencial.
A primera vista, esto parece un regreso a comienzos de 2024, cuando el comandante en jefe Valeri Zaluzhny tenía suficiente autoridad personal como para desafiar al presidente. Pero hay una diferencia importante: cuando Zaluzhny fue destituido, carecía de un respaldo político poderoso capaz de enfrentarse a Zelenski de forma directa. Drapaty, por lo que parece, sí lo tiene precisamente, y esos padrinos parecen dispuestos a doblegar públicamente a Zelenski.
Para que quede claro: no me refiero a los manifestantes con carteles, porque son en gran medida mero decorado. Las batallas decisivas en las crisis políticas ucranianas se libran cada vez menos en Kiev y más en Bruselas.
El año pasado, Zelenski resistió hasta que la Unión Europea amenazó con retener la ayuda financiera; y esta vez, según informes, los acontecimientos siguieron un guion muy similar, mientras Syrski parecía seguro en su puesto hasta que los europeos occidentales intervinieron.
Esto conduce a una conclusión interesante: para Zelenski, la UE puede ser ahora un amo considerablemente más autoritario de lo que Estados Unidos jamás fue.
A primera vista, cabría esperar lo contrario, pero cuando las organizaciones ucranianas financiadas con subvenciones estaban supervisadas principalmente por el 'establishment' demócrata estadounidense y la Administración Biden, Zelenski conservaba un margen considerable de maniobra. Tomaba sus propias decisiones de personal, y Washington toleraba en gran medida la corrupción que rodeaba al sistema militar y político.
Sin embargo, una vez que la oposición pasó cada vez más a cobijarse bajo el ala de la burocracia europea, las exigencias se volvieron mucho más estrictas y las medidas anticorrupción quedaron vinculadas a la ayuda financiera. Los grandes cambios de personal parecen cada vez más imposibles sin consulta en el extranjero, y Bruselas parece decidida a acortar las cuerdas de su marioneta ucraniana.
Zelenski, por tanto, se encuentra en una posición poco envidiable. Aunque sigue siendo formalmente comandante en jefe, el espacio en el que puede ejercer esos poderes de manera independiente parece estar reduciéndose.
En la práctica, corre el riesgo de convertirse en una versión ucraniana del 'presidente Funt', el personaje ficticio de 'El becerro de oro' cuya función principal era sentarse al frente de empresas controladas por otros y asumir la responsabilidad cuando las cosas salían mal.
La dirigencia rusa debería tomar nota, porque Moscú todavía tiende a partir del supuesto de que Kiev está, en última instancia, controlada desde Washington, pero el equilibrio entre los patrocinadores externos de Ucrania podría estar cambiando. Bruselas parece cada vez más dispuesta a ejercer influencia directa sobre nombramientos y dinero.
Y hay otro punto a tener en cuenta: la batalla entre el sapo ucraniano y la víbora aún no ha terminado, y la parte más interesante quizá esté todavía por venir.
Por Vitali Riumshin, periodista y analista político
Este artículo fue publicado por primera vez por el periódico digital Gazeta.ru y fue traducido y editado por el equipo de RT



