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Europa pierde el volante: ¿a qué se debe la peor crisis en décadas de su industria automotriz?

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Con despidos, pérdidas y fábricas al límite, el motor de Europa se está apagando.
Europa pierde el volante: ¿a qué se debe la peor crisis en décadas de su industria automotriz?

La industria automotriz europea atraviesa una de las mayores crisis de su historia. El cierre de plantas, los despidos masivos y la caída de los beneficios se han convertido en una constante para un sector que durante décadas fue uno de los principales motores económicos del continente.

A ello se suma el rápido ascenso de los fabricantes chinos de vehículos eléctricos, que están ganando terreno tanto en Europa como en los mercados internacionales.

El último ejemplo es Porsche. Según el diario alemán Handelsblatt, la compañía prevé eliminar hasta 4.000 puestos de trabajo. La noticia llega pocos meses después de que el fabricante anunciara una caída del 98 % en su beneficio operativo tras el elevado coste de modificar su estrategia de electrificación, un reflejo de las dificultades que atraviesa buena parte del sector.

Los problemas van mucho más allá de una sola empresa. Detrás de la crisis confluyen varios factores: el aumento de los costes energéticos, la presión regulatoria derivada de las políticas climáticas, la reorganización de las cadenas de suministro y una competencia internacional cada vez más intensa.

Un sector que aún no se recupera

La industria comenzó a resentirse con la pandemia de covid-19 y la posterior escasez mundial de semiconductores. Aunque esos problemas han disminuido, la recuperación nunca llegó plenamente debido a la debilidad de la demanda y al aumento de los costes de producción.

Las cifras reflejan esa situación. En el 2025, las matriculaciones de nuevos vehículos en la Unión Europea seguían cerca del 17 % por debajo de los niveles registrados en el 2019. El mercado británico también permanece lejos de recuperar el volumen de ventas previo a la pandemia.

Al mismo tiempo, los elevados costes de fabricación han reducido la competitividad de los fabricantes europeos frente a sus rivales de Asia y Norteamérica, obligando a numerosas compañías a revisar sus estrategias.

Despidos y reestructuración en toda Europa

Las consecuencias ya son visibles en prácticamente toda la industria. Volkswagen, Mercedes-Benz y BMW han anunciado medidas de reducción de costes y despidos.

Stellantis ha reducido la producción en varias plantas europeas, especialmente en Italia, mientras Renault continúa reorganizando parte de sus operaciones en Francia. En el Reino Unido también se han producido cierres de fábricas ante el incremento de los costes.

Los países más afectados

Alemania es el país que más está sufriendo el deterioro del sector. Desde el 2019 se han perdido 100.000 empleos relacionados con la automoción.

En Francia, ha caído aproximadamente un tercio desde el 2010, pasando de 425.500 trabajadores a 286.800.

En Italiaha perdido más de 103.000 empleos desde el 2008 y otros 12.650 puestos de trabajo se consideran actualmente en riesgo.

España también mantiene una elevada dependencia de las exportaciones de vehículos. Entretanto, países como la República Checa, Eslovaquia y Hungría presentan una exposición aún mayor, ya que buena parte de su producción industrial depende de fabricantes extranjeros.

En el Reino Unido, aunque el sector es de menor tamaño, sigue sustentando alrededor de 200.000 empleos manufactureros y cerca de 800.000 puestos en toda la cadena de valor.

El impacto del fin de la energía rusa barata

Uno de los factores que más ha cambiado el panorama para los fabricantes europeos ha sido el aumento del precio de la energía. Tras su boicot a los tradicionales flujos energéticos procedentes de Rusia, Europa ha incrementado su dependencia de alternativas más costosas, entre ellas el gas natural licuado importado desde Estados Unidos.

La fabricación de automóviles requiere enormes cantidades de energía, especialmente para producir acero, aluminio, productos químicos y baterías. Como consecuencia, el encarecimiento energético ha repercutido sobre toda la cadena de suministro, elevando el coste final de los vehículos y reduciendo los márgenes de beneficio de los fabricantes.

El problema resulta especialmente grave para los vehículos eléctricos, cuya producción depende de procesos industriales altamente intensivos en consumo energético. De este modo, uno de los antiguos puntos fuertes de la industria europea —el acceso a una energía relativamente barata y estable— se ha convertido en uno de sus principales obstáculos competitivos.

La presión de China sobre el mercado europeo

Al mismo tiempo, los fabricantes chinos de vehículos eléctricos han acelerado su expansión internacional. Gracias a una cadena de suministro completamente integrada —desde el procesamiento de materias primas hasta la fabricación de baterías—, las empresas chinas producen a costes considerablemente inferiores a los de sus competidores europeos.

Además, el enorme mercado interno chino permite fabricar millones de vehículos al año, reduciendo los costes unitarios y acelerando la innovación tecnológica. Europa, por el contrario, continúa operando en un mercado fragmentado entre distintos países, normativas y sistemas regulatorios.

Según datos de la Agencia Internacional de la Energía, China produjo 12,4 millones de vehículos eléctricos en el 2024. En comparación, toda la Unión Europea fabricó 2,4 millones y el Reino Unido apenas unos 80.000, lo que supone que la producción china fue aproximadamente 5 veces superior a la suma de ambos mercados europeos.

Con unos costes energéticos y laborales más elevados, una regulación medioambiental cada vez más exigente y una competencia internacional creciente, la industria automotriz europea afronta un proceso de transformación que podría redefinir el futuro de uno de los sectores industriales más importantes del continente.

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