Poco después de las tres de la mañana del 24 de marzo de 1976, la sociedad argentina se enteró de que se había concretado un nuevo golpe militar en el país. No sabían que sería el último, ni el más sangriento.
"Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la junta militar". La voz de un locutor leyó así, en cadena nacional, el comunicado número 1 de los 31 que, ese mismo día, emitieron los golpistas.
"Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento a las disposiciones y directivas que emanen de autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones", finalizaba el escrito.

Estaba firmado por los comandantes generales del Ejército, Jorge Rafael Videla; la Armada, Emilio Eduardo Massera; y la Fuerza Aérea, Orlando Ramón Agosti, los militares que acababan de liderar el derrocamiento de María Estela Martínez de Perón, la presidenta que había asumido hacía solo 20 meses, luego de la muerte de su esposo, el caudillo Juan Domingo Perón.
El golpe no provocó sorpresa. Se esperaba hacia meses, era promovido por gran parte de la sociedad argentina y contaba con el apoyo de EE.UU., que, a través del secretario de Estado, Henry Kissinger, desempeñó un papel fundamental en el germen y permanencia de las dictaduras sudamericanas de los años 70. El Fondo Monetario Internacional (FMI) hizo lo suyo al sumar su respaldo al Gobierno de facto con la aprobación de un crédito de 127 millones de dólares.
Argentina era un país acostumbrado a la interrupción democrática. El primer golpe de su historia, registrado en 1930, dio inicio a una sucesión de irrupciones militares que se replicaron en 1943, 1955 (contra Perón), 1962 y 1966. Durante un largo periodo, el poder militar fue más importante que el poder civil.

Más violencia y represión
A mediados de los años 70, la violencia política predominaba en Argentina. Era la respuesta inmediata, sobre todo frente a un Gobierno débil como el que encabezaba la viuda de Perón, quien carecía de respaldo popular y de legitimidad, en parte porque uno de sus principales asesores, José López Rega, había creado el grupo terrorista parapolicial Alianza Anticomunista Argentina (la Triple A) que cometió secuestros y desapariciones en masa durante un régimen supuestamente democrático.
Los crímenes de Estado serían superados por una dictadura que fue bautizada con el eufemismo de Proceso de Reorganización Nacional y que desde el primer día inició una represión masiva contra todo aquel que considerara "enemigo". A pesar de que los militares aseguraron que su objetivo era "aniquilar a los subversivos" que militaban en las guerrillas Montoneros y Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), en realidad la persecución se amplió a sindicalistas, docentes, estudiantes, activistas, militantes de la izquierda.
Con Videla como presidente de facto, se pusieron en marcha más de 800 centros clandestinos de detención en todo el país. Ahí secuestraban a los presos políticos que eran torturados, asesinados y desaparecidos. También les robaban sus bienes.
A algunos los llevaban a aviones y los tiraban vivos al mar con el fin de que los cuerpos no fueran encontrados. A las secuestradas las violaban y, si estaban embarazadas, las torturaban, las obligaban a parir esposadas, les robaban a sus hijos y las mataban.

La crueldad y masividad de la represión superaba lo vivido hasta entonces por los argentinos, quienes, en un principio, celebraron el golpe; luego obedecieron las normas autoritarias que cercenaban el derecho de reunión, de circulación y de libertad de expresión, ya que se prohibían libros, canciones, películas, obras de teatro.
Al terminar la dictadura, la mayoría de la sociedad que había optado por ignorar los crímenes que denunciaban las incipientes organizaciones de derechos humanos, tuvo que asumir que había vivido bajo un régimen de terrorismo de Estado.
El Mundial y Malvinas
Los dictadores intentaron aprovechar dos históricos episodios para sostenerse en el poder.
Uno fue el Mundial de Fútbol Argentina 78, que representó la primera de las tres copas que la Selección de este país ha ganado desde entonces. Videla inauguró la justa deportiva ante miles de personas que colmaron el Estado de River Plate mientras, a escasas cuadras de distancia, cientos de víctimas seguían secuestradas y torturadas en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), una de las cárceles clandestinas más grandes que hubo en Sudamérica.
La obtención de la Copa del Mundo ayudó a legitimar a la dictadura, pero el éxito fue breve, ya que la presencia de la prensa internacional ayudó a difundir los crímenes masivos que cometían los represores. Los rostros de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo que buscaban a sus hijos y nietos desaparecidos se conocieron a nivel internacional.
En 1980, a instancias del entonces presidente de EE.UU., James Carter, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos publicó un informe que documentaba 5.580 denuncias de secuestros, torturas y desapariciones. El reporte fue prohibido en Argentina.
Los dictadores habían acordado ejercer un poder colegiado con representación de las tres fuerzas militares. Así, la primera Junta Militar la encabezó Videla, quien fue presidente de facto de 1976 a 1981. Luego lo sucedió Roberto Eduardo Viola (finales de marzo a diciembre de 1981).
El tercer presidente de facto, Leopoldo Fortunato Galtieri, comenzó a gobernar en diciembre de 1981 y solo cuatro meses después, el 2 de abril de 1982, mandó a tropas argentinas a que desembarcaran en las Islas Malvinas, un territorio colonizado por el Reino Unido cuya soberanía era reclamada por Argentina. La euforia nacionalista logró que el todavía tímido repudio a los crímenes de la dictadura fuera sustituido por vítores masivos hacia los represores.
Galtieri anunció una pronta victoria que, solo 74 días después, se convirtió en una dura derrota ante el poderío militar inglés. El saldo fue de 255 soldados británicos y 649 combatientes argentinos fallecidos. Luego se conocerían los abusos sufridos por las tropas locales, conformadas por jovencitos argentinos con escasa preparación militar y a los que sus superiores les negaron abrigo y comida en las duras condiciones climáticas australes.
En el plano político, Malvinas implicó la caída de la dictadura. Galtieri se vio forzado a renunciar en junio de 1982 y su lugar fue ocupado por Reynaldo Bignone, el último dictador de la historia argentina durante el siglo XX.
El 30 de octubre de 1983 se llevaron a cabo las elecciones presidenciales que fueron ganadas por Raúl Alfonsín, quien asumió el 10 de diciembre de ese año. La ceremonia de investidura puso fin a siete años, ocho meses y 16 días de una dictadura que, cinco décadas después de haber comenzado, todavía representa una herida abierta para el país sudamericano.







